Por: Preste Mayor | Basado en la obra de Antonio Paredes Candia
Si la cueca es el baile de la seducción elegante, el wayño es la danza de la alegría desbordada. Es el momento en que todos —absolutamente todos— están invitados a la pista: el joven y el viejo, el niño y el abuelo, la señora distinguida y la chola de pollera. El wayño no discrimina, no excluye. Al contrario, contagia con su ritmo alegre y propicia que todos rían, jueguen y retocen con la algarabía que inspira.
Es una paradoja fascinante: una danza profundamente alegre para un pueblo cuyas características son la tristeza y la melancolía. Pero quizás ahí radica su secreto y su poder: el wayño es el antídoto, la medicina, el remedio ancestral contra la pesadumbre.
Una danza más antigua que la conquista
Cuando los españoles llegaron a estas tierras en 1532, el wayño ya existía. Ya se bailaba en las grandes festividades del imperio incaico. Ya era parte del alma de los pueblos aymaras y quechuas. Su nombre mismo —que proviene del quechua "wayñu"— nos habla de raíces profundas, anteriores a la invasión europea.
El jesuita italiano Ludovico Bertonio, en su monumental diccionario aymara de 1612, define "Huayñu" como "Dança, Bayle o Sarao". Por su parte, el padre Diego González Holguín, en su diccionario de la lengua quechua, describe: "Huayñanaccuni, o Huaynni: Baylar de dos en dos pareados de las manos".
Lo fascinante es que González Holguín nos da detalles de figuras que aún se ejecutan hoy, más de cuatro siglos después: "Huayñuyccum: Sacar a baylar él a ella, o ella a él cruzadas las manos". Si vas a cualquier fiesta en Bolivia y observas cómo comienza el wayño, verás exactamente eso: el varón toma de la mano a la mujer y la conduce al centro, cruzando las manos. La coreografía ha sobrevivido intacta a través de los siglos.
La danza palaciega del Tahuantinsuyo
Durante el imperio incaico, el wayño no era una danza cualquiera. Era una danza palaciega, refinada, culta. El lingüista Jorge A. Lira no duda en compararlo con lo más alto de la danza europea: "El Wayño es una de las danzas netamente inkaykas, de elegancia y belleza singulares. Por su delicadeza, agilidad y gracia estéticas, no es aventurado decir, que está a la altura del clásico vals vienés".
Era "la expresión lírica más completa del indio qhechua", porque reunía las tres formas artísticas más expansivas del ser humano: música, poesía y danza. En aquella época, el wayño y la kullawa fueron danzas de corte, ejecutadas con esmero en los palacios del Cusco y Kollasuyo.
El imperio depuró sus pasos, creó nuevas figuras, le dio un ritmo elegante y jocundo hasta convertirla en una especie de danza nacional por su carácter colectivo y popular. Bailarla bien era signo de refinamiento cultural.
El Wayño en tiempos de opresión
La conquista española cambió radicalmente el estatus del wayño. De danza palaciega pasó a ser "baile de indios". Durante la Colonia estuvo circunscrita al entretenimiento de la raza sojuzgada, y así adquirió un sentido racial que aún perdura: expresión de identidad, de resistencia cultural, de solidaridad social.
Los españoles y criollos la miraban con indiferencia cuando no con desprecio. Era cosa de indios, y punto. Solo a fines del siglo XVIII, cuando los criollos comenzaron a construir su propia identidad diferenciada de los peninsulares, el wayño fue escalando los salones. Los criollos tomaron prestados sus pasos y figuras, adaptándolos para sus propias danzas mestizas en un pseudo-acercamiento a quienes mantenían esclavizados.
Pero los indios siguieron bailándolo en sus comunidades, en sus fiestas, en sus momentos de alegría colectiva. Y así lo preservaron.
La República y el Wayño en las Haciendas
En los primeros años de la República, el wayño vivió una situación ambigua. Don Ramón Mas cuenta que tenía apogeo en las fiestas de las familias más encumbradas de La Paz, allá por 1855-1858. Se bailaba en todas las casas de hacienda de los terratenientes de la época.
Pero había un detalle revelador: quienes ejecutaban la música para que los patrones bailaran eran los indígenas, y lo hacían con instrumentos autóctonos. Los terratenientes se apropiaban del baile, pero necesitaban de los indios para que les proporcionaran la música auténtica. No podían prescindir del alma indígena de la danza.
José Domingo Cortés, en su libro sobre Bolivia de 1875, observa: "Los guaiños son composiciones musicales en que se cantan cuartetas de versos de siete a ocho sílabas, con un mismo estribillo; los de cada provincia tienen un aire particular que les distingue; la plebe los canta aun en las calles".
Lo que Cortés no especifica —quizás porque le parecía obvio— es que esas canciones eran el fondo de una danza con pasos y figuras singulares. Cuando "cantaban en las calles" era porque las parejas iban bailando cogidas del bracero, ejecutando la evolución del wayño que hoy llamamos "pandilla".
El Wayño que hace saltar la sangre
Rigoberto Paredes, el gran folclorista boliviano, describe el wayño de inicios del siglo XX con palabras que capturan su energía: "El wayño tal como lo bailan en la actualidad es una danza de extremados movimientos en que las jóvenes hacen extasiantes quiebros de cintura y se mueven en algunas mudanzas con ciertos contoneos de pies, meneo de brazos, que no se puede contemplar sin que pugne la sangre por saltar de las venas".
Es una descripción visceral, física. El wayño no se contempla pasivamente: te involucra, te agita la sangre, te hace querer levantarte y bailar. Por eso es la danza perfecta para cerrar una fiesta, para hacer que todos —los que bailaron cueca y los que sólo miraron— se unan en el festejo colectivo.
Las cinco partes del wayño moderno
Aunque muchas figuras nacen espontáneamente de la euforia de los bailarines, existe una estructura tradicional a la que intuitivamente se ajustan los participantes:
1. Introducción
Los varones invitan a las mujeres tomándolas de una mano y conduciéndolas al centro del salón, mientras con los pies zapatean suavemente. Esta parte tiene ritmo muy indígena y en las regiones altiplánicas es la figura preferida, a veces la única que ejecutan los hombres. Luego agarran a su pareja del bracero y dan una vuelta al salón. Esta figura se llama pandilla y sirve para avanzar cuando se baila en las calles.
2. Parejas Independientes
Las parejas bailan independientemente unas de otras, cada una ejecutando sus propias figuras. Entre las tradicionales están:
- El círculo: Cogidos de las manos, amplían el círculo que forman sus cuerpos, luego unen los pechos y vuelven a ampliar el círculo, sin soltarse nunca.
- Los brazos enlazados: Se sueltan para inmediatamente enlazarse de un brazo, luego del otro, alternadamente.
- Las vueltas: Cogidos de las manos dan vueltas sobre sí mismos, dos o tres veces.
- Las vueltas guiadas: El hombre agarra la mano izquierda de la mujer y le hace dar graciosas vueltas a derecha e izquierda.
3. La Ronda
Alguien grita "¡Ronda, ronda!" y todos se agarran de las manos alternando mujeres y hombres. En el centro queda una pareja a la que continuamente estrechan gritando "¡Una apretadita, una apretadita!". Esta pareja central se va sustituyendo.
La ronda baila dando vueltas a izquierda y derecha. Luego todos se colocan uno detrás de otro en fila, y quien encabeza —haciendo de bastonero— propone figuras que todos ejecutan al mismo tiempo:
- Caderitas: Las manos sobre las caderas del que va adelante
- Orejitas: Se cogen suavemente las orejas del compañero de adelante
- Pellizquitos: Se dan suaves pellizcos al que va delante
- Cinturitas: Similar a caderitas
- Pancogito: Todos bailan sobre el pie izquierdo mientras sostienen el derecho con la mano
- Zapateo: Todos zapatean palmoteando al mismo tiempo
- Media vuelta: Todos dan media vuelta para continuar en sentido contrario
4. La Viborita
Al grito de "¡Viborita, viborita!", todos se cogen de las manos formando una hilera que, al trote suave, recorre las habitaciones cercanas de la casa. Si pueden, salen al jardín. Es el momento más festivo, casi infantil, donde la danza se convierte en juego colectivo.
5. Parejas Nuevamente
Cuando se cansan de recorrer habitaciones regresan al salón y vuelven a bailar en parejas, repitiendo las figuras hasta quedar sudorosos, extenuados, buscando donde sentarse después de tan agotador brinqueteo.
El Chairito: nombre popular del Wayño
En los barrios populares existe una tradición hermosa: cuando las parejas terminan de bailar la cueca, los asistentes gritan "¡Chairito, chairito!" invitando al wayño. Es el nombre cariñoso, familiar, que recibe la danza en este contexto. El chairito es la manera de hacer bailar a todos los que fueron espectadores de la cueca.
Por costumbre, el wayño siempre continúa después de la cueca, aunque puede bailarse en cualquier momento. Es una forma de democracia festiva: la cueca puede ser selectiva (no todos bailan bien), pero el chairito-wayño incluye a todos sin excepción.
El Wayño en la mitología andina
La profundidad histórica del wayño se revela en un detalle sorprendente: aparece mencionado en la literatura oral aymara y quechua más antigua. Existe un cuento sobre el origen de algunos alimentos autóctonos protagonizado por el cóndor y el zorro. La historia cuenta que cuando ambos subieron al cielo a participar de una fiesta, allí bailaron el wayño.
Que una danza aparezca en los mitos de origen del pueblo dice mucho de su importancia cultural. El wayño no es sólo entretenimiento: es parte constitutiva del imaginario andino.
Las Variantes Regionales
Cada provincia boliviana tiene su propio "aire" de wayño. José Domingo Cortés lo notó en el siglo XIX: cada región le imprime su sello particular. Antonio Paredes Candia ubica al wayño como una de las siete danzas más representativas que forman "el panorama completo de una coreografía criolla" en territorio boliviano:
- El wayño (altiplano y valles)
- La meca paqueña (La Paz)
- El bailecito chuqisaqueño o bailecito de la tierra (Sucre)
- El carnavalito cruceño (Santa Cruz)
- El taquirari beniano (Beni)
- El khaluyo cochabambino (Cochabamba)
- La rueda tarijeña (Tarija)
Pero si hay una danza que verdaderamente une a todas las regiones, que se baila en el altiplano y en los valles, en la ciudad y en el campo, esa es el wayño. Es el denominador común de la alegría boliviana.
El Wayño Indígena vs. El Wayño Cholo
Existe una distinción que los estudiosos hacen: el wayño indígena, ejecutado con instrumentos autóctonos en las comunidades, tiene un ritmo limpio y definido. Es el wayño de los pinkillos, las quenas, los sikus. Mantiene la estructura original, los pasos ancestrales.
El wayño pueblerino o "cholo", tocado en orquestas con instrumentos occidentales, es más sentimental, más romanticón. Ha incorporado elementos de otras danzas (agua de nieve, moza mala, bolero) y hasta influencias de la muñeira gallega española. Es una "singular mezcla" que los bolivianos han "arreglado a la manera de ser y al tono del gusto nacional", como dice Rigoberto Paredes.
Ambos son válidos. Ambos son nuestros. El primero preserva la memoria ancestral. El segundo muestra la capacidad de adaptación y mestizaje de nuestra cultura.
Por Qué el Wayño Nos Define
El wayño es quizás la expresión más democrática de nuestra cultura. No importa tu edad, tu clase social, tu habilidad como bailarín. En el wayño todos caben, todos participan, todos son bienvenidos. Es la danza de la inclusión, del festejo compartido, de la alegría colectiva.
En un país marcado por divisiones regionales, étnicas y sociales, el wayño nos recuerda que compartimos algo más profundo: una manera de celebrar la vida, un ritmo que llevamos en la sangre desde antes de que Bolivia existiera como república, desde antes de que los españoles llegaran, desde los tiempos en que nuestros antepasados incas lo bailaban en los palacios del Cusco.
Cuando suena el wayño y la gente grita "¡Chairito, chairito!", cuando se forma la ronda y todos se agarran de las manos, cuando la viborita serpentea por las habitaciones de la casa, algo ancestral despierta en nosotros. Es la memoria del cuerpo, la historia inscrita en los pasos, la identidad que se baila.
Por eso el wayño es el broche de oro de toda fiesta boliviana. Porque después de todo lo demás —después de las cuecas elegantes, de los brindis protocolares, de las conversaciones formales— llega el momento en que todos nos volvemos hermanos en la danza. Y ese momento se llama wayño.
Fuente principal: "La Danza Folklórica en Bolivia" de Antonio Paredes Candia (1966)
Sobre el autor: Antonio Paredes Candia fue un incansable investigador del folklore boliviano. Sus descripciones de las danzas se basan en observaciones directas y en el cotejo de fuentes históricas, desde diccionarios coloniales hasta testimonios de su época. Su trabajo es una de las bases fundamentales para entender nuestra cultura tradicional.
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